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sábado, 2 de abril de 2011

Afuera los colores y el miedo.


La noche en que salió en libertad, después de haber estado cuarenta y tres años en la cárcel, estaba más asustado que la noche en que los jurados lo condenaron a prisión perpetua.
El viaje por la moderna autopista es una experiencia paralizante, cientos de autos, como hormigas llevando una carga invisible, aparecen y se pierden en el horizonte a una velocidad de vértigo. El había esperado salir de la prisión desde el mismo día que entró en ella, pero ahora está asustado.
En el autobús se esfuerza por recordar el momento en que se enteró de que estaba libre. Le dijeron que se bañara y se vistiera… le dieron un pantalón marrón, una camisa blanca, un suéter gris, un saco sport beige… zapatos negros y un par de medias de algodón marrones. Adentro para él era todo gris, afuera los colores son importantes..
Está seguro de que esta ropa no es suya, le queda perfecta a pesar de estar tan delgado, en los últimos cuarenta y tres años sólo se había vestido de forma parecida tres o cuatro veces, cuando tuvo que asistir al juicio en el que finalmente lo condenaron.
Sabe que firmó un papel, que lo hicieron esperar… no recuerda cuanto tiempo pero le parecieron minutos infinitos hasta que escuchó la voz, hasta ese momento amiga, del guardia diciéndole que estaba libre. En realidad no estuvo seguro de nada hasta que se vió en la puerta de la cárcel con la pequeña mochila, regalo de Alicia el día que cumplió sesenta y tres, hace apenas dos meses.  
Parece que mi hermana sabía - pensó- 
Dentro de la mochila una afeitadora eléctrica, la crema y el cepillo de dientes; tres pañuelos blancos, que en realidad no necesitaba porque nunca se resfriaba, un par de zapatillas negras, regalo de su compañero de celda; dos pares de medias también negras, un par de slips azules y punto. Su capital para iniciar una vida.
Antes, cuando llegó a la prisión llevaba un bolso repleto de cosas, algunas las fue regalando, otras se las fueron quitando poco a poco aunque por algunas tuvo que pelear, aunque nunca había sido violento y  eso de pelear no le gustaba, pero adentro había que templarse, hacerse de una coraza que permitiera vivir. Tampoco entendía por  qué lo llamaban “el loco del martillo”.
Adentro vivía convencido de que a él no le iba a pasar lo que a aquel jovencito también convicto por asalto a mano armada, que se fue dejando estar… que buscó de cualquier modo obtener la droga que según decía, le permitía olvidar y que apenas sobrevivió unos pocos meses… Fué triste…
No, de ninguna manera. A él eso no le iba a pasar, se decía cada mañana. 
Y no le pasó.
MartaRosa


sábado, 12 de marzo de 2011

Recuerdos


…Otra vez un rayo de luz le pega en la cara. Se ha quedado dormido leyendo una novela de Griselda Gambaro, pero esta vez,  salta de la cama. Su amigo Pablo lo espera en el Tortoni. Ya son las 9.
Luis se afeita… se ducha sin cantar… se viste y cuando se da cuenta el ascensor se detiene en la planta baja. Solo han transcurrido 16 minutos. Hace muchísimo calor, toma un colectivo hasta Primera Junta y allí se deja tragar por la multitud que baja por la escalera del subte que lo llevará hasta la Avenida de Mayo.
Los destartalados coches del subte son los mismos que lo llevaban al colegio primario,  y exhalan al andar el perfume y  la misma música crujiente de sus maderas. Entonces, Luis recuerda la primera vez que viajó solo, a los nueve años, desde la casa de sus amigos hasta la estación Pasco donde lo esperaban su mamá y su hermana. ¡La primera gran hazaña de su vida!
Se sienta y mira a la gente que lo rodea, es el coche del conductor y dos niños viajan sentados frente a la gran ventana mirando cómo la formación va devorando las vías y se vé, son él y su hermana ubicados en ese lugar privilegiado sintiendo lo mismo que estos pequeños del siglo XXI…”
Fragmento del capítulo 10 de la novela “Don Luis”. Por Diego Tillous (tallerista de Palabra Viva)